¿Y cómo nos salvaremos?
Esta noche es de angustia y de insomnio. No hay luna, si hubiera
luna quizás me hubiera inspirado más o quizás no… Qué importa si ya no creo ni
en el milagro de la inspiración. Pero ahora estoy pensando en la salvación
porque temo por mí y temo por los otros.
Ya hace unos años que desistí del “¿Y quién me salvará?” al
comprender lo inútil que es andar por ahí esperando ser rescatada, rogándole al
destino que es un sordo. Nunca tuve mucha necesidad de Dios, así que no pensaba
en Él cuando estos pensamientos me asaltaban de vez en cuando. Aun así, desde
lo más hondo de mí seguía anhelando a ese algo o alguien: una circunstancia reveladora
o un ángel en forma de ser humano que me mostrara la salvación. Pero ya no.
Por desgracia ahora soy lo suficientemente inteligente como para
saber que así no funcionan las cosas. No hay fuerzas místicas que conspiren a
tu favor, no hay un destino benévolo previamente trazado para complacerte. Ni
toda tu belleza ni toda tu dulzura conmoverán a un benefactor imaginario.
No existe la voluntad divina sino la voluntad de los hombres;
porque es voluntad divina que los hombres tengan voluntad. Y es la conciencia
de esta voluntad a la que conocemos bajo el nombre de libre albedrío. Porque
una voluntad inconsciente es como vivir dormido, como engañarse a sí mismo diariamente
para motivarse y poder ser. Cuando se es una voluntad inconsciente está
presente la idea mágica de la providencia y uno se cree un enajenado, un
esclavo de sus sentimientos, ignorante de que estos también son ilusiones
fabricadas por uno mismo.
Uno es como el tiritero de sí mismo, titiritero que negará hasta el
último que es el autor de la función, de la farsa del teatro de la vida.
Vivimos por y para la mentira y sin esa mentira no somos nada. Qué gran sueño o
pesadilla es la vida. Lo que nos parece real es solo una proyección subjetiva
en nuestra cabeza, una pieza teatral. Necesito el engaño para sentirme viva, necesito el engaño para
motivarme.
Esa es la única verdad que me consta y el precio de conocerla fue desengañarme de la idea de la
magia. Llegué a esta verdad luego de un desenfreno intelectual que casi me deja
al borde de la locura total. Estoy segura de que ese agridulce
sorbo que le di a la locura fue la pura realidad. La demencia como un caso extremo de
cordura, el dejar de ser, el liberarse de la mentira, el despertar…
Si sueño la
vida, ¿qué sentido tiene esta? Y la salvación otra ilusión, la vida otra
ilusión, ¿qué importan entonces si son ilusiones? Es lo mismo soñar que estar
despierta. ¿Y si me sueño a mi misma también? Si mi Yo es un sueño también, ¿qué soy?...

Dios mío, cuando me doy cuenta de aquello me paralizo del temor
porque durante gran parte de mi existencia la idea de la salvación me motivaba para
continuar existiendo. Me acostumbré tanto
al engaño que ahora le temo a la verdad, me acostumbré tanto a la ilusión que
me muero interiormente sin ella. Creer en la salvación ha sido mi condena. Soy
tan consciente de todo, soy tan consciente de esto, que siento a mi alma
desdoblarse de mi cuerpo.
Estoy tan desbordada por la conciencia que a veces siento el deseo
de caer en la inconsciencia definitiva. Es por eso que la mayor parte del día
trato de estar inconsciente y desperdiciar el tiempo. Cuando otra vez tomo el camino de la conciencia escribo estas líneas antes de ser inconsciente de vuelta.
Conciencia e inconsciencia fluctúan, sueño y vigilia fluctúan, una
cosa es la otra. Porque cuando pienso sufro y cuando no pienso sufro porque no pienso.
Nada o todo existe conforme a mi pensamiento. Si la existencia depende del
creer o el no creer, entonces la salvación existe para mí cuando creo en ella.
¿Pero cómo creer en la salvación entonces sino creo en mí? Si creo
en mí, entonces será... Sí, sé que soy, pero eso no me basta. Dios mío tú que
me mostraste esta verdad, ya sé que no debo buscar en ti, porque tú estás en
mí. A veces quiero negarte para poderme quejar de ti. Quiero negarte para
negar mi responsabilidad. Quiero echarte la culpa de todo, pero no puedo dejar
de ser tan consciente y en ese caso hasta la insolencia es una mentira tan
patética que ya ni me motiva.
También están los otros, no solo yo. Están ellos y cuando decido preocuparme
por ellos decido amarlos y los amo. De tiempo en tiempo sufro por ellos. Los
compadezco a ellos y ya no a mí misma, ¿pero de qué sirve preocuparme de los otros
si no puedo hacer nada por ayudarles? Si no hay salvación, no me salvo y si no
me salvo, ¿cómo les salvaré a ellos? ¿cómo me salvaré a mí misma? ¿cómo nos
salvaremos todos? ¿cómo salvarse de esta angustia, de este vacío y de este
miedo… ¿cómo nos salvaremos de nosotros mismos?
Dios mío, ahora lo veo: sálvame
de la conciencia.
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