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Pensamientos de una quinceañera

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No me gusta recordar mi fiesta de quince años. No fue un bonito recuerdo que atesore en mi memoria. Creo que a partir de ese día ya no encontraré la mínima emoción en las fechas de cumpleaños nunca más. No debí haber aceptado a última hora que me armarán una especie de fiesta. Nunca tuve fiestas de cumpleaños en mi infancia, ¿por qué debería ser más especial entonces cumplir quince? Y ni siquiera me gustan las fiestas. Intuí que mi madre lo deseaba más que yo y también temí arrepentirme en el futuro de no haberla tenido. Sin contar que en el fondo yo abrigaba alguna débil ilusión infantil de vestirme como una princesa. Pero todo terminó en un terrible incidente con música ruidosa, gente bailando horrible música horrible y uno que otro borracho infiltrado. No me comí ni un poco de mi torta, se la comieron los demás. Ya no importa. Como mal recuerdo quedará. ¿Y ahora qué? Tengo quince años y no me siento como una adolescente. Ya no tengo el cuerpo de una niña, eso ya lo sé, pero n

¿Y cómo nos salvaremos?

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Esta noche es de angustia y de insomnio. No hay luna, si hubiera luna quizás me hubiera inspirado más o quizás no… Qué importa si ya no creo ni en el milagro de la inspiración. Pero ahora estoy pensando en la salvación porque temo por mí y temo por los otros. Ya hace unos años que desistí del “¿Y quién me salvará?” al comprender lo inútil que es andar por ahí esperando ser rescatada, rogándole al destino que es un sordo. Nunca tuve mucha necesidad de Dios, así que no pensaba en Él cuando estos pensamientos me asaltaban de vez en cuando. Aun así, desde lo más hondo de mí seguía anhelando a ese algo o alguien: una circunstancia reveladora o un ángel en forma de ser humano que me mostrara la salvación. Pero ya no. Por desgracia ahora soy lo suficientemente inteligente como para saber que así no funcionan las cosas. No hay fuerzas místicas que conspiren a tu favor, no hay un destino benévolo previamente trazado para complacerte. Ni toda tu belleza ni toda tu dulzura conmoverá

Los sentimientos pueden ser profundos pero también perfectamente superficiales

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“No tienes ni un poquito de empatía”, esta es en nuestros tiempos una frase muy potente a la hora de calificar a una persona. Frase que rápidamente ya ha desplazado a las clásicas: “No conoces la misericordia” o “Tu corazón es de piedra”. Esta nueva afirmación, que toma como punto central a la empatía, cuenta además con un alcance ya no solo ético sino psicológico e incluso neurocientífico. ¿Acaso ya no están disponibles al público los estudios comparativos desarrollados a partir de las tomografías realizadas a autistas, psicópatas, esquizoides y al ser humano corriente? ¿Ya ves? La ciencia lo dice: tu actividad cerebral confirma que no posees empatía, al menos en este contexto especifico que utilizo para juzgarte. Empezaré estableciendo la diferencia conceptual entre la palabra “condición” y la palabra “trastorno”. Condición: Naturaleza o conjunto de características propias y definitorias de un ser o de un conjunto de seres. Trastorno: Cambio o alteración que se pro